Día 8 - Seres de adaptación, neuroplasticidad y esperanza
Siempre es posible aprender a vivir de otro modo
Hay temporadas en la vida que no llegan con delicadeza. Entran como un viento cruzado, moviendo muebles internos, descolgando certezas, obligándonos a mirar lo que dábamos por sentado. Y aun así, ahí, en ese territorio incierto, empieza a revelarse una verdad antigua: fuimos creados para adaptarnos, para aprender de nuevo, para cruzar puentes que creíamos imposibles.
Lo entendí, o quizá lo fui entendiendo, a golpes de geografía y procesos. Salir de República Dominicana, ese paisaje de calor humano, de risas espontáneas, de días que huelen a verano perpetuo, y aterrizar en Vancouver fue un quiebre interior que no supe nombrar al principio.
De repente el sol era un visitante ocasional, la lluvia marcaba el compás de ocho meses enteros, los silencios eran otros, las miradas eran otras, la cultura era otra. Allí no había ningún dominicano que me recogiera con familiaridad, que me devolviera la identidad cuando se me desdibujaba. Allí era yo, sola, frente a un idioma distinto, una universidad con exigencias nuevas, un sistema académico que no regalaba respiros. Y me costó. Me costó más de lo que admití en voz alta.
Y luego estaba el regreso. Eso que la psicología llama reverse cultural shock (choque cultural inverso), esa sensación extraña de volver a lo conocido y descubrir que ya no calza igual. Volver a casa y no sentirla exactamente casa. Encontrarte con la versión antigua de ti y darte cuenta de que ya no eres esa mujer. Ajustarte otra vez, traducirte otra vez, elaborar otra vez. Quien ha vivido ese retorno sabe que es un duelo silencioso.
Lo mismo ocurre en otras estaciones de la vida. He sido esposa, he sido divorciada, he regresado al cuarto de mi madre con cajas llenas de sueños rotos, he estado sin trabajo, sin brújula, sin certezas. Y cada una de esas transiciones trajo consigo un temblor. Dudé de mí, dudé de mis capacidades, dudé de si podría volver a reconstruirme. Sin embargo, con el tiempo, con aprendizaje, con oración, con ajustes internos, algo se iba reacomodando. Era como si mi mente y mi cuerpo recordaran un diseño original: el de la resiliencia.
La ciencia lo confirma. Norman Doidge lo expresa con una lucidez extraordinaria en su obra The Brain That Changes Itself (p. 26):
“El cerebro es un sistema mucho más abierto de lo que jamás imaginamos, y la naturaleza ha ido muy lejos para ayudarnos a percibir y recibir el mundo que nos rodea. Nos ha dado un cerebro que sobrevive en un entorno cambiante al cambiarse a sí mismo.”
Eso es neuroplasticidad. La capacidad del cerebro para reorganizarse, crear nuevas rutas, inventar nuevas posibilidades. La hemos vivido cuando migramos, cuando sanamos, cuando perdonamos, cuando aceptamos un cambio que no pedimos, cuando dejamos de resistir, cuando finalmente hacemos espacio para lo nuevo.
Y detrás de ese proceso hay una fuerza mayor, una gracia silenciosa que sostiene. Dios, paciente artesano de interiores, sabe que estamos hechos de barro dúctil. Él acompaña la reconfiguración, aún cuando no lo vemos.
Reflexión final
Si hoy sientes que estás empezando otra vez, respira. No es un retroceso. Es tu sistema entero reacomodándose para lo que sigue. La neuroplasticidad te recuerda que puedes. La esperanza te recuerda que no estás sola. Y la vida, esa maestra impredecible, nos susurra una verdad sencilla y poderosa: la vida empieza muchas veces.


Gracias querida Elisa por tener la apertura de contarnos tus vivencias !
Eres una Guerrera Valiente de Dios !!
🙏🏻❤️
Bella reflexión 💙