Día 5 - Volver a casa: recordar quién soy
Ya no busco fuera lo que siempre estuvo dentro..
Hay un momento en el viaje en que dejamos de buscar afuera, y comenzamos a volver a casa. No la casa física, sino esa otra, más íntima, donde habita el alma. Esa casa silenciosa que espera paciente detrás de todos los disfraces que hemos ido recogiendo para sobrevivir: los títulos, los roles, las expectativas, los “yo soy así”.
La neurociencia ha demostrado que el cerebro humano es moldeable hasta el último suspiro. Se llama neuroplasticidad, y significa que incluso las ideas más arraigadas sobre quién creemos ser pueden transformarse. Los circuitos neuronales que sostienen nuestros patrones de identidad no son una cárcel; son caminos transitados que pueden redibujarse. Lo que repetimos, se fortalece; lo que dejamos de alimentar, se debilita.
Así, volver a casa también es un proceso biológico: es apagar el piloto automático del ego y encender el interruptor de la presencia.
El filósofo y teólogo San Agustín de Hipona escribió: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé... y tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba.”
Esa confesión suya, hecha hace más de mil seiscientos años, sigue siendo una verdad vigente: pasamos buena parte de la vida buscando afuera lo que siempre ha estado dentro.
Volver a casa, entonces, no es mirar el pasado con nostalgia, sino atrevernos a reconocer que la presencia de Dios, y nuestra esencia más pura, nunca nos abandonaron; fuimos nosotros quienes nos distraímos del camino.
Volver a casa es también atrevernos a quitarnos las máscaras. Las de “soy fuerte”, “soy productiva”, “soy la que no falla”. Es quedarnos desnudos de etiquetas para ver qué queda cuando ya no hay aplausos ni aprobaciones. A veces lo que queda es el niño que quería ser amado. O la adolescente que soñaba con escribir. O el alma que aún busca sentido.
Y hay algo más que ocurre en ese regreso: al volver a casa, encontramos también a otros que se quedaron detenidos en versiones antiguas de nosotros. Personas queridas que nos recuerdan como éramos, no como somos. Algunos nos etiquetaron, se quedaron en un capítulo, en una escena que para ellos se volvió una eternidad. Y es fácil sentirse aludido o dolido, pero vale la pena mirar dentro y reconocer: ya no estás en ese punto. Has cambiado. Evolucionaste.
Parte de volver a casa es también reconocer tu propio crecimiento, aunque otros aún no lo hayan notado.
En términos espirituales, volver a casa es reconectar con la Fuente, con ese soplo que nos dio existencia. Cuando recordamos quién somos, se disuelven los nombres, los cargos y los miedos. Solo queda el ser, y ese ser no necesita demostrar nada.
Quizás por eso los místicos, los psicólogos y los científicos coinciden, aunque hablen distintos idiomas: la verdad de uno mismo no se conquista, se recuerda.
Y para recordarla hay que hacer silencio.
Apagar las voces ajenas.
Desaprender lo aprendido.
Y tener la humildad de reconocer que “yo soy así” fue solo una historia que me conté para no perderme, hasta que aprendí a encontrarme.
Y hoy, mientras escribo esto, resuena en mi corazón una interpretación que me conmueve profundamente: la canción “Tarde te amé”, interpretada por Rafael (Felo) Matías en la Parroquia San Judas Tadeo, en las noches de Adoración al Santísimo los Jueves.
Cada nota parece recordarnos que el alma no se extravió, solo tomó caminos largos para volver al centro.
Si quieres escucharla, escríbeme por WhatsApp y con gusto te la comparto.
Reflexión final:
Volver a casa no es regresar al pasado, sino a la verdad. No se trata de descubrir algo nuevo, sino de recordar lo eterno. Allí, en el centro de ti, sin etiquetas ni máscaras, ya eres suficiente.


Ay, ese “yo soy así” que conozco tan bien ! 🤦♀️
Ay, tarde te amé... llega al alma. Gracias!!! :) #psicopeñamember