Día 45 – Creer aún cuando el mundo duele
Hoy entramos en el invierno. El solsticio marca el punto de mayor oscuridad del año y, paradójicamente, el inicio del regreso de la luz. A partir de ahora, imperceptiblemente, los días comenzarán a alargarse. No de golpe. No con espectáculo. Casi sin que se note. Pero algo cambia.
La naturaleza sabe de estos ritmos. Sabe recogerse. Sabe detener el crecimiento visible para concentrar la energía en lo profundo. El invierno no es muerte, es gestación silenciosa. Y nosotros, aunque a veces lo olvidemos, también formamos parte de esa orquesta.
Creer cuando el mundo duele se parece mucho a atravesar el invierno. No hay promesas inmediatas de primavera. Hay frío. Hay desnudez. Hay una sensación de quietud forzada que incomoda. Las noticias no ayudan. La injusticia cansa. El desgaste se acumula. Y aun así, algo sigue vivo por debajo.
Jesús no prometió un mundo sin noches largas. Prometió presencia. “No se turbe vuestro corazón”, dijo, no porque no haya razones para turbarse, sino porque sabía que el corazón humano necesita compañía más que explicaciones. En los inviernos del mundo, la fe no grita, acompaña.
Hay una fe inmadura que espera que todo florezca rápido. Y hay otra, más adulta, que aprende a confiar en los procesos invisibles. Esta fe no niega el dolor ni lo espiritualiza. Lo atraviesa. Permanece. No se endurece para sobrevivir.
Desde la psicología sabemos que la esperanza verdadera no niega la amenaza. La integra. No dice “todo estará bien”, dice “esto duele, pero no estoy solo”. Esa esperanza no depende de que la luz sea inmediata, sino de saber que la oscuridad no es el final.
Creer cuando el mundo duele también implica aceptar los propios límites. No podemos cargar con todo. No podemos salvarlo todo. No somos la fuente de la luz. Solo somos testigos y custodios de ella.
Ayer afinábamos el deseo. Hoy lo sostenemos en pleno invierno. Confiando en que, aun cuando el paisaje sea austero, en muchos lugares del mundo, algo se está gestando en silencio.
El sol no se impone. Regresa poco a poco.
La fe tampoco hace ruido.
Pero sabe esperar.
Y a veces, creer es simplemente permanecer
hasta que la luz vuelva a crecer.

