Día 44 – Deseos, rituales y la gracia de insistir
Hace unos días hablaba con una amiga sobre los deseos. Sobre ese momento, tan sencillo y tan inesperado, en que alguien te pregunta qué pedirías si pudieras pedir una gracia. Y me di cuenta de algo incómodo y muy humano: muchas veces no lo tenemos claro. Respondemos en general. Pedimos paz, salud, bendiciones. No está mal, pero suele ser impreciso. Como si el corazón supiera que necesita algo, pero todavía no se atreviera a nombrarlo.
Mientras la escuchaba, me vi reflejada. Yo también he pedido así muchas veces. No por falta de fe, sino por no haberme detenido lo suficiente a escucharme. Porque pedir con claridad implica responsabilidad. Implica decirle a Dios: esto es lo que anhelo, esto es lo que necesito, aquí me duele, aquí quiero que entres.
Hace años, otra amiga me compartió una tradición que guardo con mucho cariño: el ritual del Ángel de la Navidad, que se realiza hoy, el 21 de diciembre. Consiste en escribir veintiún deseos. Siete para el mundo. Siete para otras personas. Siete para uno mismo. Lo he hecho otros años, con devoción y buena intención. Pero este año se siente distinto. No porque el ritual tenga más poder, sino porque yo estoy en otro lugar interior.
Hoy entiendo que el valor no está en la lista, sino en el proceso. En sentarse sin prisa. En escribir un deseo y luego detenerse y decir: no, esto no es todavía. Aquí hay algo más hondo. Editar el deseo es también un acto de integración. Es dejar que lo superficial se caiga hasta que aparezca lo esencial.
Jesús nunca nos invitó a pedir poco ni a pedir tímidamente. Dijo: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá”. No como una fórmula mágica, sino como una relación viva. La parábola de la viuda insistente no habla de un Dios que se cansa, sino de un corazón que aprende a no soltar. La insistencia no cambia a Dios. Nos cambia a nosotros.
Y aquí está el punto clave: no pedimos porque tengamos poder. Pedimos porque sabemos de quién depende el verdadero poder. Cuántas veces hemos logrado cosas por nuestra cuenta, con esfuerzo y talento, y aun así se nos han desvanecido en las manos. No porque fueran malas, sino porque no eran sostenibles sin Dios en el centro.
Este ritual, vivido con conciencia, no es para controlar el futuro. Es para disponernos. Para colocar delante de Dios nuestros deseos más verdaderos. Para volver a ellos cada día, no desde la ansiedad, sino desde la confianza. Para insistir, no porque dudemos, sino porque creemos.
Tal vez Dios no necesita que le repitamos lo que queremos.
Pero nosotros sí necesitamos volver a ponerlo delante de Él, una y otra vez, para no olvidarnos de quién somos ni de dónde viene la esperanza.
Insistir no es obsesión.
Es permanecer orientados cuando el entorno confunde.
Y pedir bien no es auto-suficiencia.
Es reconocer que, aun cuando el mundo duele, no caminamos solos.
Quizás mañana no cambie nada afuera.
Quizás las noticias sigan siendo duras y la realidad siga pesando.
Pero un deseo bien puesto en manos de Dios nos mantiene de pie, con el corazón alineado y la mirada clara.
Hoy afinamos el deseo.
Mañana aprenderemos a sostener la fe cuando la realidad no coopera.


… y en la repetición hay una acción por parte nuestra y colaboración con Dios de que eso que pedimos pueda realizarse. 🙏
Voy a empezar a editar mis deseos .. definidamente 🤩🤩