Día 40 - SANAR: cuando entiendes que no se camina solo(a)
Cerrar esta serie no se siente como concluir algo, sino como hacer una pausa consciente para mirar el camino recorrido. SANAR ha sido una de las series más preciadas para mí, y aun así, siento que se queda corta frente a todo lo que ha significado sanar en mi vida. Porque sanar no es un episodio, es una travesía. Una que se extiende por años, por estaciones, por personas, por caídas y por pequeños renacimientos que solo se entienden mirando hacia atrás.
Si soy honesta, este camino consciente de sanación comenzó hace mucho, quizá a raíz de mi divorcio, aunque en ese momento yo no lo llamaba sanar. Lo llamaba sobrevivir. Durante años utilicé mecanismos que me permitieron seguir siendo funcional: negación, evasión, distracción, hiperactividad emocional. No porque fuera irresponsable, sino porque eran las herramientas que tenía para no quebrarme del todo. Y funcionaron… hasta que dejaron de hacerlo.
Porque hay dolores que se archivan en el inconsciente, esperando el momento de salir. Y hay valles que no avisan que serán el punto de erupción de todo lo que no fue llorado, dicho, elaborado. A finales de junio de 2023 llegué a uno de esos valles. Uno donde ya no podía funcionar. Donde la tristeza, la impotencia y el abatimiento, palabra que tiene para mí un peso muy personal, me sobrepasaban.
Hoy escribo desde otro lugar, pero no desde la distancia. Escribo desde el presente, desde la urgencia. Vivimos días cargados de emociones difíciles de sostener. En nuestro país, el desfalco de SENASA y la muerte de Stephora han consternado a toda una nación. Han removido indignación, tristeza, rabia, impotencia. Emociones duras de sentir, especialmente en un tiempo como este, cuando quisiéramos estar hablando solo de luz, esperanza y Navidad. Y fuera de nuestras fronteras, los hechos recientes en Estados Unidos, ocurridos apenas ayer, lunes 15 de diciembre, junto a las guerras que siguen desangrando al mundo, nos recuerdan que el dolor no tiene pasaporte.
No comparto todo esto como una crónica de desgracias, sino para decir algo con claridad: esta serie de SANAR no nace de un antojo personal ni de una moda de bienestar. Nace de una necesidad urgente. De un llamado que es a la vez individual y comunitario. Porque cuando el dolor no se atiende, se desborda. Y cuando se desborda, arrasa con personas, familias, instituciones y sociedades enteras.
Esta mañana, antes de sentarme a escribir, me ocurrió algo que solo puedo describir como sobrehumano. Estaba en el baño, en silencio, y me vino a la mente un salmo que habla de cómo Dios acompaña a los enfermos, a los tristes, a los abatidos. Me quedé enganchada en esa palabra. Abatidos. Y pensé: eso fui yo. Eso somos muchos más de los que creemos. Minutos después, al abrir las lecturas del día, me encontré con el Salmo 33 y con el salmo responsorial que decía:
“Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha.”
No fue coincidencia. Fue confirmación. Un mensaje contundente para mí y para cualquiera que lea estas líneas: no hay sanación sustentable sin Dios.
Cuando todo se desbordó, tuve que pedir ayuda urgente. La primera llegó a través de una psiquiatra extraordinaria, la Dra. Yasury Borromé. Como buena profesional, no improvisó. Escuchó mi historia, tomó nota de cada detalle y me mandó a realizar una batería completa de estudios y pruebas. Necesitaba entender qué estaba ocurriendo también a nivel biológico, porque sí, nuestras emociones pueden afectar la fisiología del cerebro y, con ello, nuestra manera de pensar, sentir y actuar.
Ahí apareció el primer milagro. La primera gracia concreta. A pesar de mi historia de tristeza y de micro-depresiones a lo largo de los años, mi cerebro estaba sano. No había daño estructural. Lo que había era desregulación. Y eso, con acompañamiento adecuado, podía tratarse. Me fue indicado un tratamiento que duró casi dos años, y gracias a él pude estabilizarme lo suficiente para retomar mis labores. No fue debilidad. Fue responsabilidad.
Casi en paralelo inicié terapia psicológica con Evelin González, para trabajar el plano cognitivo, ese que tantas veces nos empuja a estados oscuros sin que sepamos cómo salimos de ahí. Y como tercer pilar de este equipo estelar, llegó Altagracia Valdez, mi terapeuta corporal, para ayudarme a movilizar emociones y energías que se habían quedado atrapadas en el cuerpo, generando dolores físicos y bajando la calidad de vida.
Pero Dios, que siempre va más allá de lo clínico, me tenía preparada otra gracia. Ahí apareció mi cuarto ángel: Alexandra. Una compañera del colegio, que se había ido a vivir fuera con su familia, y con quien no había tenido una amistad particularmente cercana. Justamente por eso, el regalo que recibiría a través de ella fue aún más inesperado.
Alexandra acababa de graduarse como facilitadora de los Talleres de Oración y Vida, diseñados bajo la inspiración del Espíritu Santo a través del Padre Ignacio Larrañaga. Y ahí, literalmente, todo se alineó. Encontré profundidad, amor, perdón y, sobre todo, el Amor de Dios no solo hacia mí, sino hacia todos. Incluyendo a quienes yo sentía que me habían hecho tanto daño. Incluyendo a quienes había mantenido en el lugar del resentimiento. Mi cuerpo, que se sentía envenenado, comenzó a soltar.
Y como si Dios quisiera reafirmar su pedagogía, ocurrió otra hermosa “Dioscidencia”. Entre mi amiga Aurin y Alexandra. Un día, conversando con Aurin, sintió la inspiración de regalarme un libro que había leído: Pies de ciervas en lugares altos. Lo recibí con amor y lo guardé en mi cartera, sin un plan concreto de leerlo. Esa misma noche, me encontré con Alexandra en la iglesia, y me habló de un libro que su amiga Doña Elvia le había recomendado con insistencia. El mismo libro. Exactamente el mismo.
Así nació un pequeño grupo de oración íntimo llamado “En Nombre de Él”, con la certeza de esa promesa que dice que donde dos o más se reúnen en Su nombre, Él está presente. Y ahí comprendí algo que hoy quiero dejar como cierre de esta serie: sanar no es solo reparar heridas, es volver a la Fuente.
SANAR nunca termina del todo. Cambia de forma. Se profundiza. Se vuelve más consciente. Pero cuando Dios entra en la ecuación, deja de ser un esfuerzo solitario y se convierte en un camino acompañado. El afligido que invoca no queda solo. El abatido es escuchado. El herido es sostenido.
Esta serie cierra hoy, pero la sanación continúa. Y continúa con fe, con comunidad, con ciencia, con cuerpo, con alma y con un Dios que no se cansa de recoger nuestros pedazos para devolvernos, no intactos, sino más verdaderos.
Cuarenta días preparan el corazón. Los próximos diez lo ayudarán a integrar lo aprendido. Mañana comenzamos INTEGRAR. ¿Seguimos?


Hermoso cierre de este ciclo. 🙏
Gracias por compartir tu historia y experiencias, tus vulnerabilidades y los aprendizajes de tu proceso de sanación. Recibimos todo con gratitud y amor.