Día 4 - La incertidumbre y el arte de confiar
A veces el suelo desaparece, no para hacernos caer, sino para enseñarnos a caminar en el aire
La incertidumbre tiene un sabor que uno nunca termina de acostumbrarse a probar. A veces amarga, a veces dulce, pero siempre desnuda. Es esa mezcla entre no saber y aún así seguir, entre quedarse sin suelo y descubrir que el vacío también sostiene.
Recuerdo una época de mi vida que casi nadie conoce. Había días en los que la cena era un pan de agua con chocolate de agua. Y no porque me pareciera romántico o minimalista, sino porque era lo que sentía podía pagar. En aquel tiempo, la incertidumbre no era una palabra de moda, era una presencia diaria. Y sin embargo, fue allí donde aprendí algo que no me enseñó ningún libro: que cuando todo parece faltar, Dios se muestra más visible.
Vi Su mano muchas veces. No en milagros estruendosos, sino en detalles pequeños que parecían casuales: una llamada a tiempo, una persona que aparecía justo cuando la fe flaqueaba, una frase que encendía esperanza, una arroz con leche o una invitación. Fue entonces cuando entendí que la confianza no se construye cuando todo está claro, sino cuando todo tiembla.
Con los años he comprendido que confiar no es cerrar los ojos ante la realidad, sino abrirlos de otra manera. No es negar la tormenta, sino caminar en medio de ella con la certeza de que hay propósito incluso en el viento.
El neurocientífico Andrew Huberman explica que el cerebro humano “prefiere una mala noticia antes que la ausencia de información”. No soporta no saber. Por eso, cuando nos enfrentamos a lo incierto, el cuerpo reacciona con ansiedad: es su forma de buscar control. Pero el alma tiene otro lenguaje. Ella no necesita garantías, necesita fe.
La incertidumbre es maestra. Nos quita los adornos del ego, nos obliga a soltar los planes bien dibujados y nos devuelve al presente puro, ese lugar donde el alma aprende a respirar de nuevo.
Confiar, en cambio, es arte. El arte de soltar la necesidad de controlar el desenlace, de aceptar que hay capítulos que no dependen de nosotros, de recordar que la fe no es un contrato de garantía, sino un acto de amor.
Miguel de Cervantes escribió: “Confía en el tiempo, porque suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.”
Y yo añadiría: confía también en Dios, porque Él sabe lo que el tiempo aún no revela.
Hoy, mientras escribo estas líneas, entiendo que aquella versión de mí, aquella que cenaba pan y chocolate de agua, fue la que más cerca estuvo del misterio. Porque en su escasez floreció la abundancia de lo invisible. Y aunque entonces no lo sabía, Dios ya estaba obrando, silencioso, exacto, preparando el terreno para que un día yo pudiera escribir esto sin miedo.
Quizás confiar sea eso: dejar que la incertidumbre se convierta en el idioma de la fe.
Reflexión
A veces pedimos certezas cuando lo que Dios quiere darnos es confianza.
La incertidumbre no es enemiga, es el terreno donde germina la fe.


La incertidumbre ha sido algo muy presente en mi vida este año y últimamente estoy aprendiendo a abrazar la incertidumbre y verlo como un espacio de creación entonces me encantó leer esta reflexión de hoy. Synchronicities 〰️
Cuando tenemos la seguridad de que algo que ocurrirá, es la fe en Dios manifestándose, y definitivamente esa compuerta se abre en las noches oscuras del alma, en las que sólo podemos avanzar por Su gracia. Es increíble como Su provisión no falta, en Su forma, en Su tiempo (Kairós) mientras la única salida es justamente la incertidumbre que nos desliza suave o bruscamente a confiar :)