Día 29 – Cuando la luz devuelve el reflejo: Jesús como espejo
Hoy, sentada en la misa, mientras el sacerdote comentaba el Evangelio de este día, Mateo 9, 27-31, escuchamos estas palabras:
«Al marcharse Jesús, dos ciegos le seguían gritando: “Hijo de David, ten compasión de nosotros”. Entrando en la casa, se acercaron a Jesús. Él les preguntó: “¿Creéis que puedo hacerlo?”. Ellos respondieron: “Sí, Señor”. Entonces les tocó los ojos diciendo: “Que se haga en ustedes conforme a su fe”. Y sus ojos se abrieron. Jesús les dio una orden severa: “Que nadie lo sepa”.»
Pero no fue durante la lectura que algo se movió en mí, sino durante la homilía. Allí, en las palabras del sacerdote, sentí una verdad que no pasa por los oídos, sino que te atraviesa: ver no es un acto óptico, sino espiritual. Ver es reconocer a Jesús. Ver es llamarlo a gritos desde lo más profundo. Ver es permitir que Él abra una puerta que siempre estuvo ahí, solo que la habíamos cerrado con un exceso de auto-protección.
Los dos ciegos del Evangelio no estaban pidiendo un favor. Estaban reconociendo un amor. Por eso no pudieron callarse. Cuando uno encuentra al Amor que desenmascara, desarma y revela, la voz se libera sin pedir permiso. Gritar se vuelve natural, el silencio imposible.
El sacerdote decía que ver a Jesús es volver a mirarnos desde Él. Y ahí me estremecí. Porque cuántas veces nos volvemos ciegos sin notarlo. Cuántas capas, etiquetas y teorías acumulamos sobre quiénes somos. Cuántas distracciones, adicciones suaves, defensas, poses, miedos, culpas y narrativas ajenas terminan cubriendo la luz interior. Y bajo todo eso, respirando apenas, está la estrella, ese punto crístico que algunas corrientes llaman “el Cristo en ti”, al que nosotros mismos le hemos echado tierra, sin maldad, pero también sin conciencia.
Hoy entendí que los ciegos vieron primero con el alma. Sintieron la Presencia antes de abrir los ojos. Su grito no era desesperación, era reconocimiento. Era autenticidad viva. En Jesús encontraron lo que todos buscamos sin saber nombrarlo, el espejo verdadero, el único donde el reflejo no está distorsionado por heridas, expectativas o historias viejas.
Jesús es ese espejo. Cuando Él te mira, ves lo que eres sin maquillaje espiritual. Y cuando empiezas a mirarte desde Él, se disuelve la mentira de no sentirte suficiente, de no saber quién eres, de cargar identidades que no te pertenecen. Por eso la vista vuelve. Por eso renace la autenticidad. Por eso el alma se endereza.
Y entonces ocurre lo inevitable: ya no puedes callarte. Cuando ves a Jesús, ves el amor que te sostiene. Y al ver ese amor, te ves a ti. Se abre la puerta interior. Te reconoces. Te aceptas. Te liberas. Y empiezas a ser tú, por primera vez.
Hoy, escuchando aquella homilía, mi oración brotó sin protocolo: Señor, enséñame a verte. Enséñame a verme desde tu mirada. A quitarme las vendas que yo misma me he colocado. Muéstrame el camino hacia mi versión más auténtica, la que nace de tu amor y no de mis ilusiones.
Así voy entendiendo que Jesús no abre los ojos para que veamos el mundo primero, sino para que nos veamos desde Él. Ese es el milagro: recuperar la visión original. Y esa claridad es la libertad, y la autenticidad, más alta.

