Día 20 - Gratitud: la alquimia que vuelve a encender el alma
El poder secreto de notar lo pequeño y descubrir que ahí justamente habita el milagro
Hay días en que el mundo parece recordarnos, con un susurro casi sagrado, aquello que damos por sentado. Hoy ocurre eso. Este jueves 27 de noviembre, mientras medio planeta se entrega al trajín habitual y otro celebra el Día de Acción de Gracias, yo elijo detenerme. No por tradición dominicana, sino por convicción interior. Hay festividades que, sin ser nuestras, se sienten como casa. La gratitud es una de ellas, no necesita pasaporte, ni visa, solo presencia.
Lo cierto es que no siempre la tuve cerca. Hubo un año en que me sentía apagada, con la vida sin sazón, como si el alma anduviera en “modo avión”. Ese cumpleaños me regalaron un cuaderno sencillo, tipo journal. Lo miré como quien recibe un mapa sin saber que señala un tesoro. Decidí comenzar el primero de enero un experimento de 12 meses: escribir, cada día, tres cosas por las que agradecer. No épicas, no heroicas, sino esas pequeñas migas de luz que sostienen la vida y que solemos pasar por alto.
En ese tiempo había visto un video de la psicóloga chilena Pilar Sordo. Contaba la historia de un paciente ciego que llegó a su consulta diciendo que estaba deprimido. Ella, medio por salir del paso, le sugirió hacer “lo típico”: escribir todos los días algunas cosas por las que agradecer. Algo sencillo. Algo para ver si se movía un poquito la aguja emocional. Nunca imaginó lo que vendría después.
Semanas más tarde, aquel hombre regresó cargando varios tomos. Libros completos. Cada página estaba escrita con un nivel de detalle que la dejó sin palabras. Él había registrado agradecimientos que la mayoría de nosotros desestimaríamos por obvios. Agradecía el agua tibia cayéndole sobre las manos. El olor de la ropa recién lavada. Las chispitas del refresco que le golpeaban la cara. El sonido de una puerta al cerrarse. Un abrazo. Un silencio que lo calmaba. Un pan crujiente. Un perro que ladraba a lo lejos. Todo, absolutamente todo, era un universo de gratitud para él.
Lo extraordinario es que este hombre no recuperó la vista, pero comenzó a ver la vida con una claridad que muchos, con ojos sanos, no alcanzan jamás. Fue él quien le mostró a Sordo el secreto mayor de la gratitud: empieza en lo pequeño, se despierta en los sentidos, y una vez que se activa, nada vuelve a ser igual. La vida entera se vuelve un templo.
Y sí, la gratitud transforma el cerebro. No es metáfora. Hay estudios que muestran cómo esta práctica fortalece la corteza prefrontal, aumenta la dopamina, mejora la regulación emocional y reduce la activación de las zonas asociadas a la amenaza. Traducido al lenguaje cotidiano: nos saca del modo queja, y nos devuelve al modo plenitud. No porque lo externo cambie, sino porque cambiamos nosotros.
Para mí, la gratitud sensorial fue una puerta. Agradecer el vapor del café que sube como una pequeña oración. La luz que entra por la ventana con un ritmo casi de danza. El olor de la lluvia que anuncia descanso. La música que transforma el ánimo. El viento que despeina y refresca. La suavidad de una toalla limpia. Todo se vuelve presencia. Todo se vuelve súplica y respuesta al mismo tiempo.
Hoy, en este día tan particular, quiero agradecer a quienes caminan conmigo estos 50 días, aunque estén cerca o lejos de cumplir los propios 50. Gracias por la sintonía misteriosa, por la vibración compartida, por el eco invisible que nos une. Este camino se vuelve más luminoso porque ustedes existen, porque leen, porque sienten, porque se permiten transformarse conmigo.
Agradezco al Creador. A ese arquitecto de universos que diseñó un mundo tan diverso, tan preciso, tan infinito, y que nos tejió con hilos invisibles pero reales. Hilos que sostienen, conectan, sorprenden. Hilos que no se rompen aunque a veces no sepamos dónde conducen.
Hoy celebro ese diseño, esas conexiones, ese misterio que nos supera. Celebro la gracia de agradecer, que no es un gesto educado, sino una alquimia interior. Y celebro que podamos hacerlo juntos, cada uno desde su pequeño altar cotidiano.
Porque la gratitud es eso: un fuego callado que vuelve a enseñarnos el sabor profundo de la vida.
Y con esta reflexión, se cierra el segundo bloque, Transformarse. No deja de maravillarme que concluya, precisamente, en este día que celebra la gratitud y coincide con la festividad de la Virgen de los Milagros. El agradecimiento es la madre de todas las virtudes, pero también la madre de todos los milagros. Y esta Dioscidencia lo confirma. Tenía previsto dedicar el día 20 al “Sobrepensar y el sobreexplicar”, pero los planes que fluyen desde lo Alto siempre reorganizan lo que creemos tan seguro. Hoy tocaba agradecer. Hoy tocaba reconocer el milagro discreto que opera en silencio cuando el corazón se abre.
Mañana inicia un nuevo tramo. Abrimos el siguiente bloque, Autenticidad. Les espero para seguir caminando, cada uno desde su paso, pero sintonizados en esta búsqueda de una vida más verdadera, más plena y más nuestra.


Que belleza 🌸🌸 yo fisiológicamente sentí el cambio en mí cuando comencé a agradecer más y a quejarme menos. Eso es ciencia!! Gracias Tita por esto 🫶🏻
Gracias, Gracias, Gracias Elisa querida!
Eres un ser de luz, con una dulzura única que transforma sutilmente y con una autenticidad adorable. ♥️