Día 18 - Permiso para fallar
El laboratorio divino del alma
Hay días en que la vida se siente como un tutorial de YouTube: uno piensa que lo tiene claro, le da “play”, y de repente nada sale como en el video. El corte no queda recto, la receta se quema, la conversación se tuerce. Y uno se mira al espejo como diciendo: “¿pero y este disparate, de dónde salió?”.
Y ahí, en ese segundo incómodo que dura dos eternidades, descubrí algo nuevo. No profundo, no dramático, simplemente real: yo he vivido con una expectativa absurda de mí misma. Una expectativa que nadie me pidió explícitamente, pero que fui cargando como quien hereda una vajilla de porcelana que ni usa ni disfruta, pero cuida como si su vida dependiera de eso.
En este tramo de transformación, me ha caído los veinte (como dicen los mexicanos). No estoy fallando porque soy descuidada. Fallo porque estoy viva, porque cambio de opinión, porque confío en gente que no siempre sostiene, porque apuesto, porque busco, porque me lanzo sin manual, porque no soy un algoritmo.
Y ese “fallar” que tanto temía, me está enseñando a leer señales que antes ignoraba. Por ejemplo, que insistir en agradar nunca ha sido una estrategia de vida sostenible. O que la intuición, cuando la silencio, luego me pasa factura. O que a veces no veo lo obvio porque estoy mirando donde no es.
El permiso para fallar no es una frase bonita. Es práctico, casi táctico. Es decirme: “Querida, si vas a explorar, claro que te vas a equivocar. Si vas a cambiar, claro que vas a dar pasos torpes. Si vas a involucrarte de verdad, claro que te va a doler. Pero eso no te invalida. Te vuelve humana.”
Y curiosamente, cuando me doy ese permiso, aparece una ligereza que no recordaba. Como si de pronto la vida dijera: “por fin soltaste el guion, ahora puedo mostrarte lo que hay”.
Hoy entiendo que fallar no es un retroceso, es un filtro. Se cae lo que no funciona, quedan los cimientos. Se caen las historias inventadas, queda la verdad. Se caen las idealizaciones, queda la realidad que Dios viene moldeando con paciencia, no con prisa.
Este día 18 no es un homenaje al tropiezo, sino una invitación a caminar distinto. A aprender sin drama, sin auto-castigo, sin exigencias tan protocolares. A vivir con el permiso explícito de probar, corregir, ajustar, reintentar. A dejar que la transformación entre por la puerta del error, que suele ser la única que siempre está abierta.
Fallar no me disminuye. Me define menos y me revela más. Y quizá, en esa revelación, comienza de verdad la metamorfosis. 🦋


Gracias por esta reflexión de hoy.