Día 17 - Cuando lo que no veíamos empieza, por fin, a verse
Hay revelaciones que no llegan como relámpagos, sino como goteo. La vida insiste, repite, vuelve y muestra… hasta que un día, por pura insistencia divina o cansancio del alma, uno finalmente ve. Ve lo que estaba ahí desde siempre, lo que muchos notaban, lo que uno mismo ignoró porque era tan evidente que parecía parte del paisaje.
Hoy quiero hablar de eso. De los patrones. De esos hilos silenciosos que tejen nuestra forma de ser y actuar, y que muchas veces quedan escondidos en esa esquina de la conciencia donde nunca ponemos luz.
Hace poco volví a visitar la Ventana de Johari, una herramienta simple pero reveladora que divide lo que somos en cuatro ángulos: lo que sabemos de nosotros, lo que otros ven y nosotros no, lo que ocultamos, y lo que ni nosotros mismos conocemos. Y mientras la releía, entendí algo: no hay crecimiento real si no estamos dispuestos a abrir las cortinas en todos esos lados.
Si soy completamente honesta, hay patrones míos que conocía hace años. La tendencia a soñar despierta más de la cuenta. La facilidad con que dejo cosas para último momento. La impulsividad que me adelanta dos pasos y luego me hace regresar a recoger detalles que dejé botados. La rigidez cuando ya había decidido cómo debía salir algo. Y esa montaña rusa emocional que me lleva a ilusionarme con la misma intensidad con que a veces me desilusiono.
Pero hay otros patrones que no vi por largo tiempo, aunque fueran obvios para muchos. Y aquí es donde la vida me dio sus clases maestras.
Me tomó años reconocer que tengo una inclinación casi automática a confiar demasiado en la gente, incluso cuando señales claras indicaban prudencia. También aprendí, un poco tarde, que suelo ignorar feedback valioso cuando ya tengo un guión narrado en mi cabeza. Y, quizá lo más difícil de confesar, que hubo momentos en los que normalicé comportamientos en parejas o relaciones que hoy sé que eran alarmas. Alarmas que yo, inconscientemente, silenciaba.
Eso pertenece a mi cuadrante ciego. A esa zona que uno no ve porque duele, porque amenaza la historia que nos contamos sobre quiénes creemos ser, o porque la herida original se quedó tan guardada que dejó de sentirse como herida y se convirtió en costumbre.
Y ahí, justo ahí, se une esta reflexión con lo que hemos hablado estos días: el ego, el desaprender, la esencia.
Porque muchos de esos patrones nacen de heridas profundas que quedaron archivadas sin procesar, y el ego, que es torpe, protector e insistente, inventa estrategias para que no volvamos a sentir ese dolor. Aunque repitiéndolas, nos duela igual.
La esencia, en cambio, necesita luz. Necesita conciencia. Necesita que nos detengamos y miremos esos ciclos que se repiten como si fueran ecuaciones emocionales no resueltas.
Por eso esta semana, mientras nos encaminamos al cierre del año, quiero invitarte a algo sencillo y valiente a la vez: mirar tus patrones. Los obvios. Los ocultos. Los que duelen. Los que se repiten tanto que ya parecen parte del mobiliario interior.
Porque el primer paso hacia la transformación siempre es ese, reconocer lo que antes no se veía. Hacer consciente lo inconsciente. Abrir la ventana en los cuatro lados.
No se trata de buscar perfección. Se trata de buscar verdad. Y en ese acto humilde y profundo, la vida se ordena. Y el alma también.
Feliz lunes. Que hoy empiece a verse lo que te estaba esperando desde hace años.



Me encantó 💕
Una joya de reflexión. Gracias por ser instrumento de luz en estos últimos días del año.